¿Cuántas veces
nos hemos quedado en
silencio, por
vergüenza, sin
atrevernos a
preguntar aquello
que nos interesaba
por no interrogar en
público a un
conferenciante,
profesor, médico,
etc.? Como dice
el profesor de
oratoria Ángel
Lafuente, ¿para
qué queremos la
libertad si ante un
pequeño grupo de
personas somos
incapaces de
expresar en público
nuestra propia
opinión?
“Lo que no se
comunica, no
existe”, reza un
sabio adagio del
mundo de la
comunicación. Por
eso empresas,
políticos, colegios
profesionales y
otros grupos
sociales de toda
naturaleza, se
esfuerzan día a día
para dar a conocer
su existencia
aspirando a tener y
ampliar su cuota de
influencia. Crean y
proyectan lo que hoy
se ha dado en llamar
una Imagen Social
Corporativa
positiva, etapa que
pretende consolidar
la buena reputación
previa. En otras
palabras, tratan de
hacerse como sea
menester un hueco en
el mundo de los
demás, en el
nuestro, para
inducirnos a apoyar
ciegamente, en todo
o en parte, sus
propios intereses,
electorales los
políticos,
económicos las
empresas y sociales
o mixtos el resto.
Dicho esto,
convendría ahora
tener presente que
no todo lo que se
intenta comunicar ha
de existir en la
realidad. Y eso es
particularmente
cierto en el mundo
de los políticos,
que como es bien
conocido y
reconocido suele
estar bastante
alejado de nuestros
afanes cotidianos.
Ellos dicen querer
transformar el mundo
del mañana, nosotros
sobrevivir al hoy.
Dos ejemplos para
ilustrar esta
afirmación. El
primero de falta de
realidad, cuando
hace unos días el
ministro de
Relaciones
Exteriores de Cuba,
Felipe Pérez Roque,
aseguró durante su
visita oficial a
Madrid que ni hablar
de liberar presos
políticos porque “en
mi país no hay nadie
preso por pensar
distinto”. ¡Vaya por
Dios! Igualito que
en tiempos de
Franco, cuando en
las cárceles sólo
había delincuentes
que habían violado
las leyes del
estado, el castrista
aún hoy y el
franquista ayer.
¿Qué dirá Moratinos
ahora de la ley de
Memoria Histórica si
acepta las tesis de
sus amigos
caribeños, los
continentales y los
insulares? ¿Qué
ministro lo
rectificará? Un
segundo ejemplo de
la realidad Alicia
es la generosidad
comunicativa sin par
demostrada por
Zapatero al
enseñarles a los
europeos el camino
para salir de la
crisis, a pesar de
no haber sido
invitado ni a café
cuando se reunieron
algunos mandamases
para hablar de sus
cosas, dos de ellos
muertos de envidia
viene al caso
recordar. En
resumen: se comunica
lo que no existe.
A mi entender, lo
importante de la
comunicación es que
pueda producirse en
ambos sentidos y que
los interlocutores
intercambien sus
puntos de vista u
opiniones. Por esto
traigo ahora a
colación un tercer
ejemplo,
escandalosamente
elocuente, de lo que
es la farsa diaria
de los políticos en
lo que ellos,
pomposa y
solemnemente,
denominan
“Parlamento, templo
de la democracia”.
Es sólo una parte
del inolvidable
discurso de Pedro
Lezcano al ser
nombrado Doctor
Honoris Causa por la
ULPGC: .
Como para este
pecado de falsedad
política no parece
existir deseo de
contrición, viene a
cuento el último
caso conocido de
aplicación de la
mordaza
parlamentaria que se
tuvo el pasado día
14 de octubre en el
Parlamento de
España. Dos
diputados murcianos
del PP serán
sancionados con 300
euros cada uno por
oponerse a lo que
les ordenaba pensar
y votar el portavoz
de su grupo. Y lo
más penoso del
asunto es que su
propio reglamento
interno lo establece
así,
institucionalizando
sin anestesia el
liberticidio de
conciencia. Si
fueran coherentes
con su propia
filosofía, sólo
asistían a las
sesiones los
portavoces y cada
uno tendría tantos
votos como escaños
su grupo. Un buen
ahorro en tiempos de
crisis, si
estuvieran
dispuestos a
renunciar a sabrosas
dietas. Pero, otra
vez más, se prefiere
la ficción, la
apariencia de
democracia y el
espectáculo a la
realidad. ¿Es el
Parlamento un lugar
de comunicación e
intercambio de ideas
para que nuestros
representantes
intenten acordar
acciones tendentes a
lograr el mayor bien
común posible entre
todos ellos o es,
simple y llanamente,
un zoco de (sus)
intereses?
Pero la comunicación
tiene también sus
reglas, sus etapas y
sus ritmos. El
segundo mandamiento
en importancia tal
vez sea aceptar que
“lo primero es
comunicarse, lo
segundo, comunicarse
bien”, y en ese
orden. Si aplicaran
este principio, otro
gallo les cantaría a
tantos que no se
atreven a expresarse
en público por temor
a no hacerlo de
forma correcta, que
ellos suelen
identificar
inadecuadamente con
hablar de forma
culta o
gramaticalmente
impecable. ¿Cuántos
de nosotros no nos
hemos atrevido a
expresarnos en
inglés, pongo por
caso, por miedo o
vergüenza a que
alguien se pudieran
reír por no hacerlo
correctamente, como
un nativo?
¿Avergonzaríamos
nosotros a un
turista que
intentara expresarse
en español, aunque
cometiera errores
gramaticales o
sintácticos?
¿Cuántas veces nos
hemos quedado en
silencio, por
vergüenza, sin
atrevernos a
preguntar aquello
que nos interesaba
por no interrogar en
público a un
conferenciante,
profesor, médico,
etc.? Como dice el
profesor de oratoria
Ángel Lafuente, ¿para qué queremos
la libertad si ante
un pequeño grupo de
personas somos
incapaces de
expresar en público
nuestra propia
opinión?
Al escribir estas
líneas, más desde la
utopía que del
razonamiento
pragmático, de
verdad les digo, he
sido consciente que
mis pensamientos,
ilusiones y
esperanzas viven en
otro lugar, en la
isla de San Borondón,
como dice el
antetítulo de esta
columna. ¡Dito sea
Dios!